martes, 19 de julio de 2011

Transparente

El otoño de 1985 llegó anticipadamente con los primeros días de marzo.  Mañanas frías y tardes sin sol reemplazaron las tórridas jornadas de Febrero.  Casi como queriendo complotarse con el clima, mi alma comenzó a experimentar  melancolías frecuentes y sin motivos. 
En realidad motivos tal vez tenía para entrar en esas fases. Tal vez a la distancia me parezcan tan superfluos que mi razón se niega a aceptarlos como suficientes y valederos.  Que un noviazgo se rompiera era algo frecuente en aquella etapa de mi vida. Siempre fueron tan efímeros y tan frágiles que se asemejaban a  cristales de nieve que se esfuman en cuanto tocan una piel. Amaba intensamente y a los días esa pasión era indiferencia. Estas oscilaciones son propias de los 15 años aunque a algunas personas le dure toda una vida.
  Entre esas inestables revoluciones almáticas  me encontraba una tarde, en aquel tempranero otoño, mirando unas alamedas que ocultaban el Limay, en el frondoso parque Nepuen Hue.  Disfrutaba de la nostalgia de amar, de desear estar en compañía aunque no supiera exactamente de quien.  Disfrutaba de la soledad aunque  anhelara lo contrario.  Caminé hacia los incipientes ocres de los álamos, figuras tan comunes en el valle. Las traspuse y aparecieron ante mi las aguas transparentes del cause que baja orgulloso de la Cordillera de los Andes. Comencé a pensar en su transparencia. Me parecía maravillosa. Exclusiva. Había tenido la oportunidad de conocer el río Uruguay y sus aguas turbias me habían provocado una sensación  tan rara que no quise bañarme en ellas.  Pero si hay una palabra que define a las aguas del Limay esa palabra es “transparente”.  Me quede extasiado observando el agua cristalina que viajaba apresuradamente a su encuentro con el río Neuquén.
Fue en ese momento en que escuche su voz por primera vez. Provenía de un puesto de venta de bebidas, solitario, sin clientes ni vendedores en esa época del año. Repetía la palabra “transparente”  como si percibiera mi meditar. Eran exactamente las cinco de la tarde. Fue esa sensual  y dulce voz y no el gélido viento  patagónico, la que me hizo sentir un escalofrío que me recorrió la espalda, los miembros y luego cada célula. Esa voz llegó hasta lo más profundo de mi alma, de mi espíritu y de mi  cuerpo. Se detuvo allí por la sencilla razón de que mi ser no se componía de más partes por que si no hubiese continuado sin que nada se lo impidiera.
 Han pasado más de veinte años, pero lo recuerdo con exactitud sorprendente y eso que habitualmente olvido todo.  Pero mi olvido afecta a detalles comunes, intrascendentes, rostros de personas que no han dejado huellas en mí o situaciones banales.  Esta no era una situación a olvidar. Era para guardarla con secreta ternura por el resto de mi vida.
Me acerqué  despacio al lugar de donde provenía aquella voz,  con el temor sincero de encontrarme con un ángel un ada o algún otro ser celestial. Había comprobado hacia unos minutos que estaba solo en aquel inmenso  parque  y esto exponenciaba mi desconcierto.  La voz ahora relataba, con asombrosa coincidencia con mi estado emocional,  un  poema de amor que hablaba de la soledad y la nostalgia, acompañada  con una suave música de fondo.  Miré en las vacías mesas.  Miré entre los árboles y bajo los bancos de madera. Miré incluso en las aguas del río. No había nadie.
  En momentos en que desesperaba por encontrar una respuesta, vi en un escaparate enrejado y sin vidrio, del negocio de bebidas,  un aparato de radio. No quise aceptar que la voz provenía de allí. Era demasiado nítida. Demasiado real. Demasiado hermosa y angelical para que proviniera de un eléctrico e inerte emisor. Descarté obstinadamente esa idea y seguí buscando en vano.
El poema terminó y la voz ahora mencionaba un lugar en el dial. No tuve más remedio que resignarme: provenía del aparato de radio que había visto en el escaparate. Me invadieron unos minutos de fastidio por la decepción, el cual se disipó mágicamente cuando la publicidad cedió el lugar nuevamente al tono suave de sus palabras., las cuales volvieron a hipnotizarme.
No pude concentrarme en lo que escuchaba. Sólo pensaba en su voz. Tal vez sea muy difícil explicar con palabras el profundo terremoto que se generaba en mi interior y que aflojaba toda mi estructura ósea.  Logré tras uno minutos de ausencia temporal y espacial, volver a un estado de conciencia.
 Capté los datos que me desesperaba por retener en mi memoria: La emisora era LU5, el programa se llamaba “Transparente”, se emitía todos los días a las cinco de la tarde y las palabras eran de una mujer llamada “Lía”.
Me enamoré profundamente de esa voz. Le imaginé un rostro, un cuerpo y un alma. Le imaginé un cabello hermoso. Imaginé que caminábamos juntos pisando las hojas caídas, algo solo reservado hasta ahora para mis caminatas  de exquisita soledad. Cada día de ese mes, y de los sucesivos,  a las cinco de la tarde,  en el lugar en el que me hallare, me encontraba con ella, aunque ella no lo supiera. La idealicé hasta lo sublime. No había en ella defecto alguno. Su belleza, ternura y encanto mutaban  día a día hacia una perfección idílica.  Era quien llenaba mi soledad. Era la receptora de mi más puro amor adolescente. Era la manzana de mi deseo.  Era todo lo que necesitaba en aquella inestable etapa  de mi vida.
Me molestaban otras compañías en ese horario, el cual había reservado para nuestra distante intimidad. Hablaba de ella con mis amigos, con la misma naturalidad que ellos lo hacían de sus enamoradas reales. Siempre me pedían que se las presentara  y yo eludía el tema con artilugios variados. En ciertas ocasiones lo imaginado parece más natural que lo real.
Pasó aquel otoño y también el invierno y lo que se resguardaba en mi interior pujaba por salir a la luz.. Los sentimientos tienden, por naturaleza, a la falta de moderación; se niegan a permanecer ocultos, no conocen la discreción, aspiran a ser revelados, a ser proclamados para que todos puedan contemplarlos. Un día de septiembre, como quien no quiere despertar de un sueño hermoso por la certeza de que descubrirá que no es real,   quise conocerla personalmente. Idee un plan y luego otro.  Ninguno me animaba a concretar.  No me era posible determinar a que le temía.  Tal vez era a la posibilidad de que me tomara por un psicópata y no entendiera mis nobles y románticas intenciones. Tal vez  a una cruel indeferencia o burla la cual no estaba preparado para soportar.  Tal vez era la suma de todos mis temores y ninguno en particular, pero era necesario terminar con la incertidumbre. Tomé coraje y decidí despertar del sueño. Los sentimientos le ganaron a la razón la pugna por ser proclamados.
 Durante la emisión del programa llamé a la radio. Me atendió un simpático operador. Mi nerviosismo me hacia incoherente.  Pedí hablar con ella aludiendo que se trataba de un tema personal pero en ese momento, mi amada Lía  no pudo atenderme. Me explicaron amablemente que concurriera a la emisora al día siguiente, más precisamente  a las seis de la tarde de un viernes.
Las horas previas al encuentro pactado tardaron  en transcurrir lo que tarda un siglo. Los temores ya enunciados afloraron con toda sus artimañas y poder. Pero no fueron estos los que más temía sino uno que hasta ese momento no había aparecido: el de confrontar lo idealizado por mi imaginación con la realidad.  La  Lía  que mi  mente había formado seguramente era muy distinta a la real, a la que conocería en pocas horas.  Por favor, estimado lector de este modesto relato,  léase “distinta” en un sentido integral y no solamente físico, lo cual era lo que menos me preocupaba. Este detalle solo cuenta en una primera etapa del enamoramiento entre dos seres y pierde significado a medida que se ama y se conoce  más profundamente.
A las cuatro de la mañana de ese viernes logré conciliar el sueño y casi automáticamente sonó el despertador a las siete. Concurrí al colegio solo en cuerpo, mi mente estaba pensando en las seis de la tarde y esto me valió más de una reprimenda por parte de mis profesores.  Quería que las horas se consumieran rápidamente y este deseo solo provocaba que se tornasen  eternamente lentas.  Al medio día no volví a casa. Tenía deseos de pensar tranquilo a orillas del Limay, en el mismo lugar en que meses atrás había comenzado todo. Reviví aquel momento con nostalgia y profunda emoción. Meditaba en que en todo el universo, sólo yo conocía de ese amor. Que nada me lo podía arrebatar al menos que decidiera voluntariamente renunciar a el. Me pertenecía en absoluta propiedad como nos pertenecen sólo los pensamientos. Esta certeza irrefutable trajo la paz que estaba necesitando y a las cuatro de la tarde de ese viernes de septiembre dejé el parque Nepen Hue, para dirigirme al lugar del esperado encuentro.
Llegué a la recepción de la radio unos minutos antes de la hora de la cita. Me hicieron sentar en un incómodo  sillón de algarrobo de almohadones floreados. Lía estaba retrasada con la producción del programa y en unos minutos me atendería. Utilice el tiempo para ordenar los poemas que le había escrito con tanta dedicación, los cuales pensaba regalarle. En realidad le pertenecían a ella. Volvió a mi mente la idea de que la existencia de ese amor solo era por  mí conocida y esta situación estaba a punto de cambiar. También volví a pensar que sería “integralmente” distinta a la Lía de mi mente. Distinta a la Lía de mis sueños. Las pulsaciones de mi corazón se aceleraron al punto tal que me dolía respirar. En ese momento alguien entró a la radio, dejando la puerta, que da a la vereda de la calle, abierta. No pude resistir la invitación a huir.
Corrí inconscientemente. Corrí sin rumbo. Corrí como sólo alguien de quince años puede hacerlo. Al cabo de un cuarto de hora me encontraba nuevamente a orillas de mi transparente amigo de soledades.  Tenía en mis manos los poemas de Lía.  Los leí uno por uno por última vez, mojando algunas hojas con escurridizas lágrimas que se escapaban de mis mejillas. Siempre es doloroso renunciar a un amor, sea este del mundo real o del universo de los imposibles.  Luego los arroje al río. Si no estaban en poder de Lía, sólo él era digno de recibirlos.  Sentí en aquel momento la paz que se siente solo cuando se sabe que se ha tomado una decisión correcta.
Los meses pasaron y un amor  adolescente, fresco, dulce y angelical, pero sobre todo real, tocó mi puerta.  En cierta oportunidad me preguntó si había amado antes. Contesté con sinceridad absoluta: Sólo en sueños.

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